La historia comenzó hace tres años en la península de Purerua, cuando el proyecto Pest Free Purerua liberó a 20 ejemplares de pāteke, un pato críticamente amenazado. A la semana, el equipo encontró el primer cadáver destrozado. El culpable resultó ser un gato gris atigrado con marcas distintivas y una apariencia adorable que contrastaba con su eficiencia como depredador.
El animal no solo cazó patos, sino que se dedicó a limpiar la zona de polluelos de kiwi y geckos nativos. Para 2024, los científicos intentaron un segundo despliegue liberando otros 20 patos; el gato se encargó de 15 de ellos rápidamente.
Andy Mentor, gerente del proyecto, confesó al diario The Guardian que fue un periodo sumamente estresante. Según Mentor, el gato era errático: aparecía en un punto y desaparecía por meses, o se paseaba a medianoche y al mediodía sin seguir ningún patrón, lo que volvió inútiles las cámaras nocturnas y el equipo de rastreo.
El felino se ganó su apodo al deslizarse entre la hierba alta cada vez que los expertos creían tenerlo acorralado. Se estima que el animal acabó con el 1% de la población total de esta especie de pato.
La racha terminó cuando el gato cometió el error de visitar el mismo lugar tres noches seguidas. Los conservacionistas montaron un operativo con jaulas y un menú de salmón, conejo y pollo frito. La estrategia funcionó y el depredador fue capturado.
Sin embargo, el final de la historia generó polémica. En lugar de trasladarlo a un refugio o zoológico, el equipo de tramperos le disparó en el acto. Mientras los conservacionistas celebraban la noticia, los amantes de los gatos en redes sociales exigieron saber por qué era necesario matar a un animal que ya estaba encerrado en una jaula.
El cuerpo del gato será taxidermizado y su estómago analizado para documentar la magnitud del desastre.
El gato terminó siendo el único ejemplar de la zona que no estaba en peligro de extinción.