Todo empezó con una infracción de tránsito en Florida. Wilmer Giovanni Rivera tenía un permiso de trabajo vigente, pero eso no impidió que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) lo arrestara y lo trasladara a un centro de detención.

Ahí es donde la eficiencia burocrática estadounidense alcanzó su punto máximo. Según Rivera, los agentes le pidieron que firmara documentos aceptando que su nombre era Virgilio. El pastor insistió en que no era Virgilio, sino Wilmer, pero el personal del centro de detención decidió que el nombre en el papel era el que mandaba.

Cuando Rivera se negó a firmar la mentira, los agentes simplemente firmaron por él.

Con su nueva identidad impuesta, el sistema operó a la perfección: lo movieron de Florida a Luisiana y, convencidos de que el hombre era guatemalteco, lo deportaron a Guatemala. El resultado fue que Rivera terminó a más de 550 kilómetros de su casa en Honduras, sin documentos y con un nombre que no le pertenecía.

La confusión solo se resolvió cuando Rivera logró contactar a su hijo, quien le envió su partida de nacimiento original. Tras demostrar que no era Virgilio, las autoridades guatemaltecas lo devolvieron a Estados Unidos para que, finalmente, el ICE lo enviara al país correcto.

Rivera sostiene que durante el proceso fue encadenado de manos y pies, lo que le provocó lesiones que aún requiere atender médicamente. Su abogada, Kathia Quiros, señaló que la agencia tenía la obligación de verificar la identidad del hombre antes de lanzarlo a otro país.

Al final, el ICE logró la hazaña de deportar a un hombre al país equivocado y regalarle una identidad nueva.