Todo empezó con una analogía poco inspirada. Durante una audiencia, Surya Kant, presidente de la Suprema Corte de India, decidió que la mejor forma de describir a los jóvenes que no encuentran chamba era comparándolos con cucarachas: esos bichos asociados a la suciedad que dan ganas de aplastar en cuanto aparecen.
El magistrado intentó remendar el daño aclarando más tarde que solo se refería a quienes tenían títulos falsos, pero el insulto ya había volado. En lugar de indignarse en silencio, los recién graduados se hicieron una pregunta colectiva: ¿qué pasaría si todas las cucarachas se juntaran?
Así nació el Partido Popular de las Cucarachas. Lo que empezó como una parodia para convertir la humillación en identidad terminó siendo un problema real para el gobierno. Los jóvenes pasaron de los memes a los panfletos y usaron Instagram para difundir videos de represión policial, escalando la protesta hasta lograr que el ministro de Educación tuviera que renunciar.
La ironía es que el movimiento surge en un país donde la educación ya no es una escalera, sino un boleto para un tren sin asientos. De los cinco millones de personas que se gradúan cada año en India, la economía solo puede absorber a la mitad; casi cuatro de cada diez graduados menores de 25 años están desempleados.
Mientras los jóvenes indios se organizan como insectos, en otras partes del mundo la situación es similar. En Estados Unidos existe el grupo ALICE (personas con título y empleo, pero con ingresos insuficientes para vivir dignamente), que ya representa el 29% de los hogares. En México, la solución ha sido el sótano de la informalidad, donde sobrevive el 55% de los trabajadores.
Al final, el presidente de la Corte descubrió que las cucarachas tienen una característica fundamental: cuando ves una, es porque hay muchísimas más escondidas en las grietas.
El partido ya tiene programa, solo falta que el juez deje de intentar aplastarlos.