Resulta que el secreto de la evolución no fue una mutación mística ni un rayo divino, sino que los animales aprendieron a evacuar. Según los investigadores Julien Kimming y Russell Bicknell, la invención del sistema digestivo permitió que los primeros organismos empezaran a soltar pellets de caca que se hundían en el océano.
Este desplome masivo de desechos orgánicos funcionó como un servicio de mensajería de nutrientes. El carbono, el hierro, el nitrógeno y el fósforo llegaron finalmente a las profundidades marinas, convirtiendo zonas que eran básicamente desiertos acuáticos en lugares habitables.
Para llegar a esta conclusión, los científicos se dedicaron a rastrear cada coprolito —heces fosilizadas— y sistema digestivo antiguo que pudieron encontrar en la literatura científica. Compararon la química de los océanos de hace 540 millones de años con los ciclos biológicos actuales para confirmar que, sin esa "bomba biológica" de excrementos, la biomasa marina no habría tenido el combustible necesario para diversificarse.
El registro fósil es contundente y hasta cruel. En Australia se encontró un coprolito de hace 520 millones de años que aún conserva los restos de un trilobite que tuvo la mala suerte de ser digerido y expulsado. En Groenlandia y China se hallaron otros similares con fragmentos de conchas, confirmando que el ciclo de la vida siempre ha dependido de lo que alguien más dejó ir.
Básicamente, la complejidad de la vida moderna es el resultado de que hace millones de años alguien empezó a ensuciar el fondo del mar.
Todo empezó con una buena descarga.