Mientras el mundo se pelea con el ChatGPT, en el Instituto Sanford de Células Madre optaron por el camino más directo: crear "organoides cerebrales". Se trata de masas de materia gris cultivadas en placas de Petri que, tras ocho meses a temperatura de útero, emiten ondas cerebrales casi idénticas a las de un bebé prematuro.

El uso de estos mini-cerebros ha pasado de probar fármacos a actividades considerablemente más extrañas. En la UCSD, estas neuronas ahora sirven de copiloto para robots con forma de araña, a quienes guían a través de laberintos.

Para darle sabor a la experiencia, los investigadores también suministran dosis de sustancias psicodélicas a los organoides.

La apuesta de los biólogos es que la verdadera inteligencia no necesita ser artificial, sino biológica y programable mediante señales eléctricas y dopamina. Mientras tanto, en otras latitudes, el experimento ha escalado: en Melbourne, hay neuronas humanas jugando Pong y Doom.

Según el biólogo Alysson Muotri, la propiedad intrínseca del cerebro es intentar conectarse con cualquier cosa que encuentre, ya sean otros axones o los electrodos de un laboratorio.

Al parecer, el destino de la humanidad es terminar siendo el procesador de una araña drogada.