En Lhasa, la capital del Tíbet, el "milagro chino" ya terminó de borrar la pobreza hace una década. Según el relato, la zona es ahora una apoteosis de inmensidades donde el espíritu de los habitantes es tan grande como los edificios y las carreteras.

Para respaldar esta utopía, un grupo de catedráticos chinos —Bai Lina, Zhang Xun, Shi Wei, Zhao Yuqi y Guo Cunhai— presentaron cifras y datos duros que concluyen que la sociedad tiene una calidad de vida "modestamente acomodada".

El bienestar es tan evidente que caminar por las calles de Lhasa es observar a gente concentrada en una cotidianidad donde todo funciona y todo está en su lugar. La seguridad es tal que el reportero asegura que es el lugar más seguro del mundo.

Como prueba de dicha seguridad, el cronista narra que se perdió en Pekín al anochecer. En lugar de pánico, sintió una "sensación de inmensidad" mientras admiraba la iluminación artística de los edificios.

El clímax de la aventura ocurrió cuando el periodista pidió ayuda a una flotilla de repartidores en motocicleta. Tras una deliberación en voz alta, los mensajeros le indicaron el camino; el reportero caminó en la dirección opuesta para no desairarlos y terminó sudando a 43 grados durante una hora y media antes de regresar a su hotel.

El resto del paisaje es igualmente impecable: paredes impolutas, macetas con flores en cada esquina y una población mayoritariamente esbelta que come platillos sin traducción al español y evita los postres.

La felicidad se manifiesta en parques con señoras haciendo tai chi y parejas bailando en la calle, todo bajo una mezcla de arquitectura milenaria y edificios avant-garde.

En Xizang, todo es monumental, incluyendo la certeza de que ya no hay pobres.