Para el poder imperial, el problema no eran los extranjeros, sino los ciudadanos que empezaron a copiar el look de los pueblos germánicos. El gobierno decidió que llevar el pelo largo ya no era una elección estética, sino una amenaza directa al orden establecido y a la disciplina del Imperio.

La ley, promulgada el 12 de diciembre de 416, establecía castigos estrictos para cualquiera que se atreviera a lucir una melena en Roma y sus alrededores, incluyendo a los esclavos. No se trataba de un capricho de peluquería; en Roma, el peinado servía para identificar el rango político y la condición jurídica de una persona de un solo vistazo.

El historiador Javier Arce señala que la medida fue una reacción al trauma del saqueo de Roma ocurrido seis años antes, cuando el rey visigodo Alarico entró en la capital. Ver a los propios romanos adoptando la moda de quienes acababan de saquear la ciudad resultó insoportable para las autoridades.

Esta prohibición se sumó a otras normas similares que ya vetaban el uso de pantalones, botas orientales o capas impropias para los senadores. Para los emperadores, una cabellera larga era un símbolo peligroso de admiración hacia el enemigo.

El Imperio prefería un ciudadano rapado que un rebelde con estilo.