El polifacético Buontalenti no se conformaba con ser arquitecto, ingeniero militar, filósofo y escenógrafo. En el siglo XVI, el hombre renacentista decidió que el mundo necesitaba algo más que planos y fortificaciones, así que se puso a experimentar con la temperatura y los lácteos.
El resultado fue el primer helado cremoso de la historia. Mientras otros se limitaban a raspar hielo con jugo de frutas, Buontalenti aplicó su rigor técnico para añadir leche, huevo, miel y vino, logrando una textura que dejó en ridículo a la filosofía y a los sonetos de la época.
Para lograrlo, el arquitecto diseñó cámaras subterráneas con aislantes térmicos bajo los Jardines Bóboli. Durante el invierno, coordinaba la logística para traer toneladas de nieve desde los montes Apeninos y las conservaba con sal, solo para tener material de trabajo en verano.
El invento tuvo su prueba de fuego en 1565, cuando Cosme I de Medici necesitaba impresionar a una comitiva enviada por Felipe II de España. Entre platos de carne de caza y fuegos artificiales, el postre de Buontalenti fue el único capaz de dejar mudos a los embajadores españoles.
El éxito fue tal que los emisarios se apresuraron a llevar la receta a la corte madrileña, convirtiendo el antojo en un asunto de Estado.
Al final, la ingeniería militar sirvió para conquistar el paladar del rey.