El currículum de González-Ruano era un ejercicio de equilibrio moral. Durante la ocupación de París en los años 40, el escritor aceptó redactar propaganda para el régimen nazi, cobrando sus honorarios directamente de la cartera de Joseph Goebbels.

Para diversificar sus ingresos, Ruano operaba un negocio paralelo: vendía visados falsos a familias judías que buscaban escapar de los campos de concentración. La Gestapo llegó a detenerlo a finales de 1942 bajo la sospecha de que ayudaba a judíos a huir, aunque tras 78 días en la cárcel los investigadores no pudieron comprobarlo.

Tras ser expulsado de París en 1943, el periodista se refugió en Sitges, Cataluña, donde decidió instalar su oficina en un bar de arena llamado "El Kiosket". Fue ahí donde escuchó a los indianos regresar de Cuba hablar del café filtrado como "chiringo".

Al periodista le gustó tanto la palabra que empezó a insistir, entre bromas y en serio, en que el local cambiara su nombre a "chiringuito". La expresión terminó calando en el lenguaje popular, entró en la RAE en 1983 y se convirtió en un estándar del verano español.

Ruano escribió sobre sus años de encierro y sus crápulas parisinas en su autobiografía, titulada con honestidad brutal: Mi medio siglo se confiesa a medias.

El hombre que ayudó a Goebbels y estafó a la Gestapo terminó regalándole al idioma una palabra para ir a tomar algo frío.