Dalia Dippolito entró en crisis nerviosa, cayó de rodillas y rompió en llanto el 5 de agosto de 2009. Los detectives del condado de Palm Beach acababan de informarle que su esposo, Michael Dippolito, había sido asesinado a tiros en su propia casa.

El problema para Dalia es que Mike no estaba muerto. Estaba a salvo en un lugar secreto mientras la policía grababa la actuación de su esposa para ver si reaccionaba como una viuda sorprendida o como la jefa de un operativo de sicariato.

La relación de los Dippolito fue un romance exprés y conflictivo. Él tenía antecedentes por fraude financiero y ella, al parecer, tenía poca paciencia para los problemas económicos y la convivencia. En lugar de buscar un abogado de divorcios, Dalia optó por buscar a alguien que pudiera conseguirle un asesino a sueldo.

El "contacto" resultó ser un informante de las autoridades. La policía, lejos de detenerla de inmediato, decidió montar una producción cinematográfica completa. Incorporaron a un detective infiltrado que fingió ser el sicario y grabaron todas las reuniones donde Dalia coordinaba los detalles del crimen, el momento oportuno para el ataque y la entrega del dinero.

Para cerrar el caso con pruebas irrefutables, los agentes organizaron la escena del crimen ficticia y citaron a la mujer para darle la noticia. Dalia entregó una interpretación digna de premio, pero el casting terminó cuando los detectives le revelaron que el asesino era un policía y que su marido seguía respirando.

Hasta hoy, el llanto no le sirvió de nada.