El británico compite en la categoría de las 155 libras (70.3 kilos), pero su cuerpo parece ignorar el reglamento cuando no hay cámaras encendidas. Tras una derrota a principios de año, Pimblett admitió que alcanzó las 210 libras, lo que significa que cargaba con unos 95 kilos encima; básicamente, pasó de ser un peso ligero a tener la masa de un semipesado mientras esperaba su siguiente cita.
Para volver al octágono, el peleador tuvo que deshacerse de casi 25 kilos. A pesar de que este ciclo de expansión y contracción corporal parece una receta para el colapso, el resultado deportivo ha sido contundente. El pasado 11 de julio, tras un recorte de peso quirúrgico, sometió a Benoit Saint Denis en el primer asalto, escalando hasta el quinto puesto del ranking mundial.
La disciplina terminó exactamente donde empezaron sus vacaciones. Dos semanas después de su victoria, Pimblett publicó fotos desde Málaga, España, donde se le ve con un volumen corporal que dejó perplejos a los fans. El atleta confirmó que, en apenas quince días de descanso, rebotó hasta los 87 kilos.
El peleador no oculta su relación tóxica con la despensa. En una entrevista con el podcast Steve-O’s Wild Ride, confesó que cree ser adicto a la comida y que padece un trastorno alimenticio derivado de las dietas extremas del deporte. Como prueba de su capacidad, reveló que tras una pelea en Londres consumió 10,700 calorías en un solo día.
Mientras expertos como el excampeón TJ Dillashaw aseguran que este hábito es una forma eficiente de destruir el propio cuerpo, Pimblett prefiere la honestidad brutal. El atleta resume su proceso con una frase sencilla: "Simplemente soy un gordo de mierda".
Hasta hoy, la báscula sigue sin ganar la pelea.