La UNAM intentó modernizar la vigilancia de sus exámenes de admisión delegando la seguridad en la inteligencia artificial. El plan era sencillo: dejar que un algoritmo detectara las trampas. El problema fue que los postulantes decidieron usar la misma tecnología para burlar al algoritmo, logrando un empate técnico donde la máquina que vigilaba fue vencida por la máquina que respondía.
Ante la avalancha de resultados sospechosamente perfectos, la institución anunció que los aspirantes con calificaciones muy altas tendrán que presentar un examen presencial. Básicamente, la universidad tuvo que admitir que la única forma de ganarle a la IA es regresando al método de hace cincuenta años: encerrar a los jóvenes en un salón con una hoja de papel y un lápiz.
El caso ha puesto en evidencia que el sistema de evaluación mexicano es tan predecible que cualquier bot puede resolverlo en segundos. Según el profesor Julián de Zubiría, el fraude fue tan sencillo porque el examen sigue basado en la memoria y la repetición, tareas en las que una IA es infinitamente superior a cualquier estudiante estresado.
Mientras la UNAM intenta parchar el agujero digital, el debate académico sugiere que el problema no es la trampa, sino que los exámenes son tan malos que ya no sirven para medir nada.
Si la IA ya puede pasar el examen de admisión, quizá sea el momento de dejar de estudiar.