El hallazgo ocurrió en un antiguo odeion, un edificio romano destinado a la música y los discursos que, con el tiempo, terminó siendo un basurero de restos de carnicería y cerámica rota. Para el siglo VIII o IX d.C., el baño público que estaba ahí ya llevaba siglos sin usarse, pero el canal seguía intacto y servía como un refugio discreto.
A pesar de la ubicación, los arqueólogos del Instituto Arqueológico Austríaco descartaron que se tratara de un simple desecho de cuerpos. Los bebés, que probablemente fueron gemelos, fueron colocados sobre una cama de tierra traída de otro lugar y envueltos en mortajas, un detalle que Caroline Partiot, bioarqueóloga y autora del estudio, describe como un tratamiento funerario especialmente cuidadoso.
La vida de los pequeños vino con complicaciones desde el inicio. El análisis de los huesos del brazo sugiere que nacieron unas seis semanas antes de tiempo. Además, los investigadores hallaron una costilla extra de cinco milímetros en una vértebra del cuello, una anomalía genética extremadamente rara que solo se ha documentado en un caso similar en todo el mundo.
El motivo por el cual terminaron en un baño y no en un cementerio tiene que ver con la burocracia religiosa de la Éfeso bizantina: solo los bautizados podían descansar en suelo consagrado. Como los bebés suelen bautizarse semanas después del nacimiento, estos nunca cumplieron el requisito.
Los padres optaron entonces por el antiguo recinto del templo de Artemisa, donde se encontraba la letrina, quizá buscando algún resto de significado espiritual en el sitio.
Gracias a que fueron enterrados en un lugar donde nadie quería mirar, los restos permanecieron intactos por más de un milenio.
El canal del baño resultó ser el sitio más seguro para descansar en paz.