En el año 406, la situación en el río Rin era crítica. Miles de vándalos, alanos y suevos se amontonaban en la orilla con el sueño de entrar a Roma, no necesariamente para quemarla, sino para cobrar sueldos, comprar vino y que sus hijos aprendieran a usar vajilla elegante.

El problema es que Roma tenía la frontera más despoblada de lo que el gobierno quería admitir. El general Estilicón, en un movimiento de gestión eficiente, retiró a las tropas romanas para atender otros asuntos y dejó la vigilancia en manos de los francos federados.

Básicamente, el Imperio aplicó un esquema de outsourcing: pagó a bárbaros asentados para que hicieran de tapón contra otros bárbaros. Durante un tiempo el modelo funcionó, hasta que la caballería alana decidió que el contrato de los francos no era lo suficientemente robusto y deshizo la línea de defensa.

El paso se abrió y las ciudades empezaron a caer una tras otra. Mientras tanto, los invasores no sentían que estaban terminando con el mundo antiguo, sino que simplemente estaban negociando su acomodo en un pacto más.

La frontera aguantó exactamente lo que aguantó el subcontratista.