El pensador franco-argelino llegó a esta conclusión mientras observaba cómo los gobiernos que se venden como campeones de la libertad suelen actuar como "estados canallas" cuando les conviene.

En su libro Canallas: Dos ensayos sobre la razón, Derrida aplicó la deconstrucción para desnudar las ficciones jurídicas del poder. El filósofo explicó que la democracia funciona con un mecanismo de "autoinmunidad": en el afán de protegerse de amenazas externas, el sistema genera anticuerpos tan violentos que terminan destruyendo sus propias libertades civiles.

A diferencia de una teocracia o una dictadura, que exigen obediencia muda o fe ciega, la democracia tolera su propia contradicción. El problema es que esa misma apertura permite que discursos antidemocráticos usen el voto y las plazas públicas para llegar al poder y, una vez ahí, borrar el sistema.

Básicamente, es un orden político que trae el riesgo del suicidio inscrito en su propio código genético.

La democracia es el único sistema que te permite decir que la democracia no sirve para nada.