La dinámica, coordinada por Joshua Corman, exestratega de la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad, convirtió una sala de conferencias frente a Times Square en un tablero de rol catastrófico. El escenario: un ataque coordinado que tumba el suministro de 5,000 empresas de servicios públicos y rompe tuberías físicas en todo el país.

Mientras en la pantalla se reproducía un video de una tubería reventando, los ejecutivos debían gestionar un caos hipotético donde los centros de datos se sobrecalientan, faltan insulinas y 2,000 hospitales quedan inoperables bajo el calor de julio.

El juego tenía un giro de realismo metodológico: Corman prohibió los descansos organizados para ir al baño. Según el maestro de juego, en una crisis real no hay pausas, así que los participantes debían elegir entre aguantarse las ganas o arriesgarse a perderse un dato vital de la simulación. Nadie se movió de su asiento.

La misión de los equipos no era salvar la civilización, sino decidir a qué clientes dar prioridad y cómo repartir el dinero. El dilema central para los aseguradores era financiero: determinar si el ataque chino calificaba como "acto de guerra" para activar las cláusulas de exclusión y así evitar pagar las pólizas, quedando como los villanos del cuento pero con las cuentas bancarias intactas.

En la sala, el silencio era inquietante mientras los ejecutivos calculaban si la bancarrota era más probable que la generosidad.

Nadie fue al baño.