Los empresarios textiles de la zona sur de Guanajuato han decidido que la modernidad es demasiado cara. A pesar de las quejas de los compradores foráneos, que deben viajar con fajos de billetes y el miedo constante a un asalto en la carretera, los locatarios mantienen el efectivo como única religión.
Para los dueños de los negocios, el uso de una terminal bancaria no es una herramienta de venta, sino un martirio. Ramón Guzmán, uno de los empresarios, explicó que los bancos obligan a contratar seguros y cobran comisiones que resultan en una pérdida.
La resistencia es tan profunda que incluso las transferencias bancarias son vistas con sospecha. Ricardo Baeza, otro comerciante, señaló que es preferible el efectivo que lidiar con el aparato del banco, los impuestos y la gente que cancela las transferencias al instante.
El rechazo es generalizado. Algunos vendedores admitieron que en el pasado aceptaban tarjetas, pero le trasladaban al cliente una comisión de entre el 5 % y el 7 %, práctica que desapareció posiblemente por miedo a las denuncias.
Ante este panorama, las direcciones de Desarrollo Económico de ambos municipios y la Cámara Nacional de la Industria del Vestido (Canaive) intentaron intervenir. Organizaron talleres y cursos sobre comercio electrónico, pero se toparon con un muro de desinterés.
Fernando de la Vega Araiza, director de la Canadevi Guanajuato, reconoció el rezago tecnológico y señaló que la desconfianza inhibe la adopción de estas herramientas, aunque insistió en que es necesario modernizar el comercio.
Mientras tanto, los productores como Alberto Barrón sostienen que los requisitos de las plataformas digitales y los bancos los obligarían a subir precios, dejándolos vulnerables ante la ropa importada.
Para los textileros, el riesgo de un fraude digital es mucho más aterrador que el riesgo de que un cliente no tenga efectivo.