El destino de las misiones interplanetarias más ambiciosas de la humanidad resultó ser, básicamente, que no se prendiera la sierra de Madrid. Un incendio descontrolado obligó a desalojar a 25 mil personas en municipios como Navalagamella y Zarzalejo, incluyendo a los 90 trabajadores del Complejo de Comunicaciones con el Espacio Profundo de Madrid.
El Gobierno calificó la situación de «crítica», y no era para menos. Resulta que el contacto con las naves más lejanas del Sistema Solar depende de solo tres «oídos» gigantes en todo el planeta: uno en California, otro en Australia y el tercero, convenientemente ubicado entre encinares madrileños.
La logística es simple: las antenas están repartidas cada 120 grados de longitud para que, mientras la Tierra gira, siempre haya alguien escuchando. Si la estación de Madrid se apaga, hay franjas horarias en las que el cielo se queda sin cobertura.
En Robledo de Chavela destaca la DSS-63, un plato de 70 metros —equivalente a un edificio de veinte pisos— que se encarga de recibir señales tan débiles que los receptores deben enfriarse a 255 grados para poder oír algo. Por ahí pasan los datos del telescopio James Webb y los susurros de las Voyager, que ya andan a más de 24 mil millones de kilómetros.
La NASA ha enviado sondas a los confines del universo, pero sigue dependiendo de que no haya una chispa en un pueblo de 5 mil habitantes.
Hasta hoy, las Voyager siguen volando, esperando que no haya otro verano caluroso en España.