La nueva producción de Nolan es un monumento al despliegue técnico. Para lograrlo, el cineasta utilizó a los actores más caros de Hollywood y un sistema de sonido capaz de aflojar piedras del riñón, todo con el fin de reconstruir la Edad del Bronce remache a remache.
Sin embargo, el resultado es un Odiseo que no parece volver de Troya, sino de protagonizar una temporada especialmente dura de una serie de HBO, cargado de un estrés postraumático que no figura en el texto original de Homero.
Mientras Nolan busca significados profundos y "trabajos simbólicos" en cada monstruo —sospechando que el cíclope Polifemo representa la masculinidad tóxica o una charla pendiente con el padre—, la serie Ulises 31 optó por una solución más saludable: convertir al cíclope en una máquina espacial de trescientos metros que succiona energía vital.
La producción de 1981 cambió el Mediterráneo por el universo y los barcos por astronaves, pero mantuvo la esencia del conflicto: un hombre muy listo peleando contra dioses con una gestión administrativa nefasta, básicamente una comunidad de vecinos con rayos.
En aquel entonces, el elenco incluía a niños azules que pilotaban naves y a Nono, un robot rojo y redondete que comía clavos como quien come pipas en el banco del pueblo. Nono no necesitaba un manifiesto sociológico ni una rueda de prensa sobre diversidad para existir; simplemente estaba ahí haciendo el tonto y matando cíclopes.
Nolan ha logrado levantar un edificio fílmico admirable, pero parece haber olvidado que comprender por qué el edificio original lleva tres mil años en pie es un oficio distinto.
Al final, el despliegue de IMAX no pudo superar la simplicidad de un robot que desayunaba ferretería.