En Francia, comprar casa puede ser un ejercicio de paciencia o un juego de azar macabro. A través del viager, un propietario —generalmente una persona mayor— cede su inmueble por un monto muy inferior al valor de mercado. A cambio, el comprador paga una renta mensual vitalicia y, en ocasiones, un pago inicial llamado bouquet, que suena a ramo de flores pero funciona como enganche.

El trato es sencillo: el vendedor se queda viviendo en su casa y cobrando su pensión privada hasta que pase a mejor vida. Para el comprador, la lógica es puramente matemática; entre más rápido muera el dueño, más barato le sale el departamento.

Sin embargo, apostar contra la biología puede salir muy caro. Un notario de Arles decidió aplicar esta estrategia con una anciana de 90 años, convencido de que el negocio estaba cerrado y la defunción era inminente. El resultado fue un desastre financiero: el notario murió a los 77 años y sus hijos tuvieron que seguir pagando la renta hasta que la señora falleció a los 122 años.

Al final, la mujer se convirtió en la persona más longeva de la historia y los herederos del notario terminaron pagando más del doble del valor real de la propiedad.

Mientras el país debate leyes sobre la eutanasia y el acompañamiento al fin de la vida, el viager recuerda que el mercado inmobiliario francés tiene su propia forma de gestionar el duelo.

En el caso del notario, la casa le salió carísima por culpa de una salud envidiable.