Durante años, los pescadores del Lago Memphremagog notaron que uno de cada tres peces gato presentaba unos parches negros bastante sospechosos en la piel. La explicación lógica era que el agua estaba sucia o que algún vertedero industrial estaba envenenando el lugar, lo cual es lo habitual en cualquier cuerpo de agua moderno.
Sin embargo, investigadores de la Universidad de Vermont decidieron secuenciar el ADN de las lesiones y descubrieron que los tumores no pertenecían a los peces que los cargaban. Resulta que el material genético era de otros peces que ya habían tenido cáncer previamente.
El pez gato de aleta parda se convierte así en el cuarto animal conocido que practica la transmisión horizontal de células cancerosas. En lugar de que el cuerpo genere su propio tumor, el cáncer llega desde fuera, se instala como un parásito y empieza a multiplicarse sin que el sistema inmune del huésped se dé cuenta de que lo están invadiendo.
Según Mark Henderson, biólogo y co-líder del estudio, el método de contagio es probablemente el contacto físico intenso durante el desove. Los bagres se agrupan en aguas poco profundas para reproducirse, facilitando que las células tumorales salten de un individuo a otro. También ayuda que sean peces sin escamas que pasan el día arrastrándose en el sedimento del fondo, donde las células cancerosas flotantes pueden quedar acumuladas.
Este fenómeno es extremadamente raro en la naturaleza. Hasta ahora, solo se conocían casos similares en especies como el diablo de Tasmania, donde el cáncer se transmite a través de mordeduras durante peleas territoriales o el apareamiento.
El estudio, publicado en la revista Nature, sugiere que el arsénico natural de la zona podría estar debilitando las defensas de los peces, dejándolos más vulnerables a este intercambio biológico.
Al final, los peces gato solo optimizaron el proceso: para qué esperar a que el cuerpo falle si se puede compartir el tumor con el vecino.