La medida busca poner orden al caos del machismo televisivo, asignando un espacio delimitado donde la violencia de género y los agravios puedan fluir sin interrumpir la programación habitual.

Con este nuevo esquema, la misoginia deja de ser un accidente del aire para convertirse en un segmento programado, permitiendo que los conductores coordinen sus ataques con la precisión de un reloj suizo.

El ajuste operativo asegura que el odio no se disperse durante el resto de la jornada, concentrando la toxicidad en un horario estratégico para maximizar el impacto del insulto.

Ahora el desprecio tiene horario de oficina.