El análisis táctico y el desempeño de los jugadores quedaron en segundo plano frente a la verdadera tragedia: alguien se movió de su lugar. En el ecosistema digital argentino, la culpa de no ser campeones recae ahora sobre una mujer que, presa de la emoción en la semifinal, decidió volar a Nueva York para ver el partido.

Para los expertos en el pensamiento mágico, este viaje fue un acto de sabotaje cosmogónico. Según los reproches que vuelan en redes, la mujer cometió el pecado capital de asistir a un encuentro sin haberlo hecho antes, alterando la delicada arquitectura de cábalas que sostiene al equipo.

La lista de sospechosos es larga y el rigor es implacable. También están en la mira quienes compraron camisetas nuevas que nunca se habían usado, los que se cambiaron de sillón o los que, en un arranque de imprudencia, tomaron un colectivo distinto al habitual.

El sistema de control emocional argentino exigía una mímica exacta del pasado: congelar rivales, enviar estampitas de Maradona a cinco grupos de WhatsApp y cocinar exactamente lo mismo que el día de la victoria anterior. Cualquier desviación del guion es, básicamente, una traición a la patria.

Mientras la antropología sugiere que estos rituales son solo mecanismos para no reventar de impotencia ante la incertidumbre, los aficionados prefieren la certeza de tener a quién insultar.

La mujer sigue en Nueva York, pero ya es la mufa oficial del país.