El proyecto, que combina la tecnología de la NASA con el Servicio Geológico de Estados Unidos, consiste básicamente en vigilar desde el espacio los desechos de las aves para entender cómo el cambio climático está afectando su dieta.
Michael Polito, biólogo marino de la Universidad de California, Santa Cruz, confirmó que el método es exactamente lo que parece: espiaron pingüinos desde la órbita terrestre para descifrar sus hábitos alimenticios y la respuesta de sus poblaciones al calentamiento global.
Los investigadores analizaron el color del guano en 119 poblaciones distintas. Resulta que el tono de la caca revela el menú: los pingüinos que viven en zonas con más hielo marino comen principalmente peces y sus desechos lo reflejan, mientras que los que habitan donde el hielo escasea se ven obligados a comer krill.
El problema es que el krill es comida de segunda. Los polluelos que crecen a base de pescado son más grandes y sanos, mientras que las colonias dependientes del krill —que además tienen que pelearse el alimento con focas y ballenas— presentan declives poblacionales.
La NASA ya había probado este sistema en 2018, cuando usaron imágenes de Landsat para encontrar una colonia "perdida" de más de 1.5 millones de pingüinos en las Islas Danger. Ahora, el enfoque es el análisis espectral de las manchas de excremento para monitorear la salud del ecosistema.
Según Polito, los pingüinos funcionan como el "canario en la mina" del Ártico, alertando sobre la ruptura de la red alimentaria marina.
La ciencia espacial ha llegado al punto de que la salud del planeta depende de observar el color de la caca.