El agente Dmytro Zhekov no pierde el tiempo con falsas promesas de seguridad. En sus anuncios de redes sociales, mezcla las bondades tradicionales del barrio —alquileres baratos, buen metro y monumentos históricos— con una advertencia muy concreta: el lugar es un blanco frecuente de los bombardeos.

“Desde el principio les digo: ‘Este es un lugar en la zona de peligro. Lo golpean con regularidad. Si les parece bien, entonces podemos verlo’”, explica Zhekov.

El vecindario de Lukianivka se ha vuelto un imán para los ataques debido a una fábrica de armas soviética y una estación de metro que ya ha sido alcanzada ocho veces. Para los que viven ahí, los cráteres en el pavimento son ahora parte del paisaje urbano y el chiste local es que ya deberían darles una credencial militar por vivir en la primera línea de fuego.

La rutina en la zona consiste en barrer vidrios rotos y poner tablas en las ventanas reventadas mientras se intenta seguir con la vida. Hay quienes cortan el cabello en edificios marcados por la metralla o llevan sus obras de teatro al subsuelo.

Incluso el primer McDonald’s de Ucrania, abierto en 1997, sigue operando bajo un letrero de plástico deformado por el calor de las explosiones. El mercado local, por su parte, quedó reducido a un laberinto carbonizado donde todavía hay panes ennegrecidos en los estantes de una panadería.

Si el cliente acepta el riesgo, el departamento es suyo.

Si les parece bien que les caigan misiles, el contrato está listo.