El hallazgo, publicado por Live Science, confirma que el vínculo materno es mucho más literal y persistente de lo que cualquier terapia psicológica haya sugerido. Según la investigación, estas células maternas no solo cruzan la barrera placentaria para instalarse en el cerebro fetal, sino que se quedan a vivir ahí a largo plazo.
Lo más sorprendente es que estas células no se quedan como simples huéspedes. Una vez instaladas, las células de la madre adoptan diversas funciones y "trabajos" dentro del cerebro del hijo, integrándose en la maquinaria neuronal.
El estudio señala que esta infiltración ocurre en el vientre y que las células pueden persistir hasta la vejez, manteniendo una presencia biológica activa mientras el hijo crece y envejece.
Básicamente, tienes un inquilino materno con contrato vitalicio en el sistema nervioso.