Para el autor, el "clac, clac, clac" que resuena en las calles no es solo el ruido del verano, sino un sonido perturbador y desolador que marca la derrota de los seres humanos. Según Ussía, las chanclas son el único calzado que parece pedir disculpas por existir, pues no sujetan el pie, no protegen el terreno ni embellecen la figura.

El análisis sostiene que el uso de este accesorio ha escalado hasta convertirse en una ideología. Si bien admite que tienen un ecosistema natural en la arena, critica que hayan colonizado supermercados, aeropuertos y hasta sedes judiciales.

El autor llega a sugerir que quien use chanclas para conducir hacia la costa debería ser multado por la Benemérita, proponiendo campañas de control similares a las de alcohol y drogas.

Además de la cuestión sonora, Ussía señala la arrogancia de quienes exhiben talones cuarteados y uñas de "imposible fisiología", asegurando que el ruido de la goma en la acera no anuncia a una persona, sino al acercamiento de alguien que ha abandonado cualquier rastro de rigor.

La comodidad y la pereza se parecen demasiado cuando las personas se rinden.