La Scaloneta no solo tuvo que luchar contra las defensas rivales, sino también contra la militancia kirchnerista, que decidió que el capitán de la selección era un "derechista desclasado" por el pecado capital de no etiquetarse políticamente.
La campaña de odio alcanzó su punto máximo durante el Mundial, donde frases como "nosotres odiamos a Messi" se volvieron tendencia entre figuras mediáticas que miden el talento futbolístico según el color de la camiseta partidaria. El problema era grave: Messi no agachaba la cabeza ante el mito de Maradona ni seguía la línea del gobierno, lo que para algunos era una traición a la patria.
El delirio llegó al punto de sugerir que el éxito del equipo era una anomalía ideológica, hasta que la realidad —y los trofeos— obligaron a los militantes a recalcular su rencor.
Para poner orden a la sandez, apareció Alejandro Dolina, leyenda del peronismo cultural, quien tuvo que recordarles que se puede ser peronista sin ser estúpido y que privarse de Messi por no ir a la unidad básica es una tontería.
Al final, la selección terminó adoptando una canción que reivindica la gesta de Maradona y hasta justifica su suspensión por efedrina como una conspiración de la sinarquía, dándole a los críticos el pretexto perfecto para volver a abrazar al equipo.
Parece que para ser aceptado en el fútbol argentino no basta con ganar el Mundial, también hay que saber cebar el mate en la reunión del partido.