El detalle, un modelo Gumusay .357 Magnum de fabricación nacional, llegó en una elegante caja de madera con el logotipo de la OTAN y una nota que presumía que era el primer revólver fabricado en Turquía. El anfitrión no escatimó en gastos: cada arma llevaba grabado el nombre del líder correspondiente, asegurando que nadie pudiera confundir su instrumento de defensa con el del vecino.

La intención era exhibir el músculo de la industria turca, que entre 2019 y 2024 se consolidó como el tercer mayor exportador mundial de armas pequeñas, moviendo unos 3,000 millones de dólares. Sin embargo, el gesto dejó a varios mandatarios en el incómodo dilema de cómo meter un arma cargada en el avión sin terminar en una celda.

Keir Starmer, el primer ministro británico, recibió el paquete más completo: el revólver, un kit de limpieza y 500 balas. Starmer decidió que era mejor dejar el arsenal con sus funcionarios en Ankara para que inutilizaran el arma antes de intentar cruzar la frontera.

Otros líderes optaron por la rendición inmediata. Pedro Sánchez entregó su pieza al Ministerio del Interior para que la dejaran inservible, mientras que el primer ministro belga, Bart De Wever, llevó la suya hasta Bruselas solo para entregársela a la policía del aeropuerto y que la guardaran bajo llave.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, agradeció el gesto pero planea donar el arma a un museo militar una vez que alguien logre quitarle la capacidad de disparar. El primer ministro de Grecia siguió la misma ruta hacia el Museo de la Guerra de Atenas, mientras que la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, ya tiene la suya adornando el Palazzo Chigi.

El primer ministro canadiense, Mark Carney, fue el único que aplicó una solución intermedia: se llevó el revólver, pero dejó las balas en Turquía.

Hasta ahora, la mayoría de los regalos siguen atrapados en embajadas o trámites aduaneros, esperando que la diplomacia resuelva el problema de haber recibido un arma cargada como souvenir.