La institución, encargada de vigilar que el dinero del Estado no se esfume, encontró una mina de oro: un aumento presupuestario de 802.7 millones de pesos y un certificado financiero con 579 millones que estaban "sin hacer absolutamente nada" en el banco.

Para la presidenta Emma Polanco, dejar ese dinero al tres por ciento de interés era un pecado. La solución fue ejecutar un plan de modernización donde la alta tecnología convive armoniosamente con el lujo de oficina.

Mientras la institución licita un nuevo centro de datos, fibra óptica y plataformas de inteligencia artificial, el pleno se aseguró de que el hambre no interfiriera con la fiscalización. La lista de compras incluye cafeteras, hornos microondas, neveras ejecutivas y dos sillones para los miembros titulares, además de una rehabilitación general que abarca desde la pintura y la jardinería hasta el cambio de pisos.

El entusiasmo por el consumo llegó al punto de que el pleno aprobó, por unanimidad, una tarjeta de crédito institucional con un límite de 10,000 dólares. Según Polanco, el plástico es indispensable para aprovechar las ofertas del exterior y comprar equipos que en el país no llegan con la rapidez que el gasto público exige.

En un arranque de generosidad, la institución también otorgó aumentos salariales a sus empleados. El pleno intentó aplicarse el mismo beneficio, pero tuvo que echarse paragraphs atrás después de que la decisión se volviera polémica.

Al final, la Cámara de Cuentas demostró que sabe exactamente dónde está el dinero y, sobre todo, cómo gastarlo.

Lo más urgente era que el fiscalizador tuviera donde enfriar el refresco.