Resulta que para bajar la violencia no hacían falta operativos complejos ni inteligencia militar, sino que la Selección Mexicana jugara. Entre el 11 de junio y el 5 de julio, el país entró en un estado de paz accidental con un promedio de 40 asesinatos diarios, la cifra más baja de todo el año según el Gabinete de Seguridad federal.
Hubo días de una calma casi sospechosa. El 16 de junio se contabilizaron apenas 27 homicidios en todo el territorio nacional, un dato que la presidenta Claudia Sheinbaum aprovechó para presumir en su conferencia matutina.
La paz, sin embargo, estaba estrictamente ligada al calendario de la FIFA. El día del debut contra Sudáfrica hubo 30 muertos; contra Corea del Sur subieron a 45; y frente a Ecuador fueron 41. El hechizo se rompió el día que Inglaterra eliminó a México: los homicidios saltaron a 51, regresando el país a sus niveles habituales de violencia justo cuando el equipo se fue a casa.
En las sedes oficiales —Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León— la reducción de asesinatos en junio fue del 31% comparado con el año anterior. El despliegue de policías y cámaras ayudó, pero el especialista Alberto Guerrero sugiere que hay una razón más simple: hasta los delincuentes quieren ver el partido.
La ciencia intenta darle un nombre elegante a este fenómeno. Sociólogos hablan de "efervescencia colectiva" y expertos de la UNAM mencionan que la dopamina y la oxitocina controlan los impulsos violentos. Básicamente, el sentimiento de pertenencia hizo que el desconocido dejara de verse como una amenaza para verse como otro aficionado sufriendo por el equipo.
La tregua terminó en cuanto se apagaron las pantallas. Mientras los homicidios volvían a superar los 50 casos diarios, los robos de celulares aprovecharon las multitudes que salieron a las calles para celebrar el final del torneo.
El país ya tiene el plan maestro para la seguridad nacional: organizar un Mundial cada tres meses.