La promesa era sencilla: carne más tierna, más proteína y una resistencia superior a las enfermedades gracias a la herencia del bisonte. Ese linaje era el principal argumento de venta para quienes decidían pagar el sobreprecio por este híbrido.
Sin embargo, la realidad es mucho más bovina. Un equipo de la Universidad de California, Santa Cruz, analizó el genoma de 47 animales, incluyendo semen preservado de los fundadores de la raza en los años 70 y 80. El resultado fue un golpe al marketing: 39 de ellos no tenían rastro alguno de bisonte.
Los ocho ejemplares que sí presentaron algo de ADN de bisonte no alcanzaron ni el estándar mínimo de tres octavos exigido por la American Beefalo Association (ABA).
La asociación de criadores no se quedó de brazos cruzados y salió a defender el producto. Dan Stricker, presidente de la ABA, aseguró que todos los animales registrados pasan por pruebas de ADN en laboratorios especializados y cuestionó que las muestras del estudio no representen a los ejemplares modernos, seleccionados ya por sus rasgos de bisonte.
Los científicos, encabezados por la bióloga evolutiva Beth Shapiro, consideran que es poco probable que los descendientes tengan más genes de bisonte que sus propios fundadores.
El hallazgo sugiere que, aunque el cruce es posible, estabilizar una población híbrida es biológicamente difícil. Mientras los criadores insistían en haber creado una superraza, la naturaleza parece haber decidido que el Beefalo es, básicamente, una vaca con un nombre sofisticado.
Hasta ahora, el único rastro de bisonte en el Beefalo es el nombre.