Miguel Gleason, un comunicólogo mexicano, pasó 15 años rastreando el patrimonio prehispánico, colonial y sacro de México disperso por 17 países. El resultado es un registro de casi 9 mil objetos que terminaron en Europa, desde cálices novohispanos en pueblos españoles hasta el grueso del arte prehispánico en el Museo Etnológico de Berlín.
Para lograr esta proeza de localización, Gleason no recurrió a las instancias oficiales de cultura, sino que fundó una asociación y consiguió que la cervecería Corona financiara la búsqueda en diversos países. Gracias al apoyo de la marca, el investigador pudo rastrear códices en Oxford y Londres, y documentar el patrimonio mexicano que permanecía en el olvido administrativo.
El proyecto fue tan inusual que incluso el historiador Miguel León-Portilla dudó de su existencia. El académico le pidió pruebas sobre la ubicación del Códice de Upsala, en Suecia, y solo aceptó prologar el libro México insólito en Europa después de que Gleason le mostrara las carpetas digitales en su computadora.
Además del patrocinio cervecero, la investigación contó con el apoyo de un banco suizo para su publicación y, en etapas posteriores, con el Conaculta para las rutas en Italia y el Vaticano.
Al final, el mapa del tesoro nacional quedó listo gracias a que alguien decidió que era más eficiente buscar arte antiguo con presupuesto de cerveza.