La moda de aquel año consistía en lucir el abrus precatorius, unas semillas rojas con una mancha negra que resultaban muy vistosas y, sobre todo, baratas. El problema es que estas "joyas" contenían abrina, un alcaloide con efectos mortales similares al curare que usan algunas tribus para envenenar sus lanzas.
La psicosis arrancó en Inglaterra tras la muerte de una mujer y se extendió rápidamente por Francia, Alemania y Estados Unidos. En México, la agencia Cifra reportó el caso de una joven en Durango que decidió probarse uno de estos adornos; a los veinte minutos, un intenso sarpullido le cubrió el cuello, los brazos y el pecho.
El pánico fue tal que muchas mujeres se sintieron como Cleopatras con un áspid alrededor del cuello y corrieron a entregar sus accesorios en ayuntamientos o delegaciones policiales.
Mientras la gente se deshacía de sus souvenirs, la Dirección General de Sanidad intentaba bajarle al drama. Las autoridades señalaron que las semillas solo eran peligrosas si se masticaban o chupaban, y que las pruebas en animales de laboratorio no mostraron toxicidad por contacto. Incluso recordaron que los monjes trapenses llevaban décadas haciendo rosarios con las mismas semillas sin morir en el intento.
Al final, la alerta se diluyó sin más casos fatales, aunque las autoridades sanitarias siguen recordando que comprar joyería en mercadillos ambulantes puede ser un deporte de riesgo.
Hasta hoy, las semillas siguen sin pedir disculpas.