El sujeto, quien ha pasado de pegar calcomanías contra la energía nuclear a denunciar que la inteligencia artificial nos roba el agua, se basa en una pasión intacta y una indiferencia soberana hacia las matemáticas. Para el ciudadano ejemplar, los números son solo artefactos del capital diseñados para confundir al pueblo llano.
Sin embargo, las cuentas no mienten. En la Unión Europea hay unos 180 millones de lavadoras que, entre ciclos anuales y suavizante, tiran al desagüe unos dos billones de litros de agua al año. Si se expande el mapa a toda Europa, la cifra sube a cuatro kilómetros cúbicos de espuma.
Mientras tanto, el villano de la historia —los centros de datos de IA en todo el mundo— consumió en 2025 alrededor de un billón de litros. Según cálculos de la consultora Mordor Intelligence, la sed de ChatGPT y sus primos equivale a la mitad de lo que las lavadoras europeas gastan en un año.
El indignado suele citar que cada charla con un chatbot cuesta una botella de agua, pero la realidad es más modesta. Un estudio de la Universidad de California en Riverside indica que el gasto real ronda los diez a veinticinco mililitros por conversación. Básicamente, un dedal.
Habría que interrogar al oráculo digital unas cincuenta veces para juntar el mismo vaso de agua que el activista deja correr mientras se aclara los dientes y maldice a las máquinas.
El único consuelo para el comprometido es que la IA engorda a velocidad de criptomoneda. El Instituto del Agua de la Universidad de las Naciones Unidas estima que para 2030 la huella hídrica de la tecnología alcanzará los nueve billones de litros, superando finalmente a las coladas.
El ciudadano tendrá razón en cinco años, lo cual no le ha impedido tenerla ya.
Hasta ahora, el tambor de su cocina es la verdadera conspiración hídrica.