Parece que hasta la botánica tiene que alinearse con las metas del Partido. Un estudio de la Universidad de Pekín reveló que los bosques plantados por el Estado aumentan su área foliar un 66% más rápido que los bosques naturales.
La razón es simple: los árboles del gobierno no tienen que lidiar con la improvisación de la naturaleza. Mientras que un bosque natural crece a su ritmo, los ejemplares de la Gran Muralla Verde cuentan con gestión activa, fertilizantes y la eliminación de cualquier vegetación que se atreva a competir por la luz o el agua.
Los científicos señalan que el uso de especies de crecimiento acelerado, como el eucalipto y el álamo, junto con la alta concentración de CO2 atmosférico, ha creado una especie de dopaje forestal. Incluso cuando se compararon árboles de la misma edad y condiciones, los plantados por el gobierno seguían creciendo un 4.6% más rápido.
Sin embargo, el éxito es temporal. El impulso de eficiencia alcanza su pico entre los 30 y 40 años, momento en el que la ventaja empieza a decaer. Los investigadores advierten que, aunque la reforestación masiva es una herramienta potente a corto plazo, los bosques naturales siguen siendo irreemplazables para la resiliencia a largo plazo.
China planea plantar otros 34 mil millones de árboles para mediados de siglo para frenar el avance de los desiertos de Gobi y Taklamakan.
La naturaleza sigue creciendo a su paso, pero el gobierno ya le lleva ventaja en la carrera.