Resulta que las bacterias no se molestan en evolucionar por su cuenta cuando se trata de sobrevivir a los medicamentos. Para qué pasar por el esfuerzo de la selección natural si pueden simplemente salir a "pescar" los genes de resistencia de otras bacterias, vivas o muertas.

El truco está en los pili tipo IV, unas fibras miles de veces más delgadas que un cabello humano que funcionan como ganchos biológicos. Estas estructuras no solo sirven para pegarse a los tejidos del cuerpo o armar comunidades pegajosas que los antibióticos no pueden atravesar, sino que actúan como auténticas líneas de pesca.

Investigadores de la Universidad de Indiana, Dartmouth y el Instituto de Tecnología de Georgia analizaron el caso de la Vibrio cholerae, la bacteria del cólera, para entender cómo logran ejercer una fuerza mecánica que es de las más potentes registradas en la biología.

Para resolver el misterio, el equipo usó AlphaFold 3, una herramienta de modelado computacional, y descubrió que el sistema opera con dos motores proteicos llamados PilT y PilU. Según el estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, estas proteínas se ensamblan y se sujetan entre sí como una mano agarrando una manija, permitiendo que los motores se muevan como uno solo para retraer la fibra con una fuerza descomunal.

Este proceso, conocido como transferencia horizontal de genes, es uno de los motores principales de la crisis global de resistencia a los antibióticos. Básicamente, la bacteria lanza su anzuelo, atrapa el ADN que le conviene y lo jala hacia adentro para actualizar su software de supervivencia.

Ahora que ya saben cómo funciona el mecanismo de enganche, los científicos esperan encontrar formas de sabotear estos motores para que las bacterias ya no puedan robar instrucciones de resistencia.

Mientras tanto, las bacterias siguen pescando sin licencia.