Durante décadas, la ciencia usó ratones para estudiar la vejez porque viven poco y mueren rápido, lo cual es muy eficiente para el laboratorio pero poco útil para la realidad. El problema es que casi ningún ratón llega a una edad biológica comparable a la de un humano de 80 años; básicamente se mueren antes de alcanzar la etapa de quejarse del clima o pedir que les suban el volumen a la tele.
Ante este vacío, investigadores de la Universidad de Auburn decidieron mirar al gato doméstico. Tras analizar más de 3,700 observaciones de diversas especies, el equipo liderado por Christine Charvet descubrió que el cerebro felino y el humano comparten el mismo camino hacia el desgaste.
Las resonancias magnéticas no mienten: tanto personas como gatos sufren una reducción del volumen cerebral y un aumento de los ventrículos internos. Un gato de 16 años presenta una atrofia cerebral equiparable a la de un humano de 80, demostrando que los felinos sí alcanzan esas fases avanzadas de la vida que los ratones simplemente ignoran.
El estudio también aprovechó para enterrar la leyenda urbana de que un año de gato equivale a siete humanos. Los científicos determinaron que el envejecimiento no es una multiplicación matemática simple, sino un proceso irregular que se acelera y frena según la etapa.
Lo más relevante es que los gatos analizados no presentaban deterioro cognitivo grave. Sus cerebros estaban viejos, pero seguían funcionando perfectamente para juzgar a sus dueños desde la distancia.
Al final, la ciencia confirma que el gato es el modelo ideal para estudiar la vejez, probablemente porque es la única especie que mantiene la arrogancia intacta mientras se le encoge el cerebro.